Primer acercamiento; Síndrome de Down.

Por: Alberto Alcalá Aceves | marzo 9, 2014 | 0 Comentarios;

Me tocaba intervenir en el área infantil del hospital Juárez. Cada vez que llegaba al hospital sin importar las circunstancias en las que me había encontrado durante la semana, esperaba con ansias a que llegara el momento de poder entrar al hospital y convivir con un paciente. Nunca sabes con quién jugarás ese día y la razón del por qué está hospitalizada esa persona.

Cuando me encontré con mis compañeros y entramos a la sala del área infantil, en la primera cama del lado derecho pude ver a una niña que me llamó la atención, pues era pequeña de aproximadamente cinco años y con síndrome de Down.

Semanas antes, nuestra coordinadora “Effie” nos había propuesto para nuestro mejoramiento y desempeño aceptar retos. Es decir que intentáramos jugar con pacientes a los que no estábamos acostumbrados; por ejemplo si se nos facilitaba jugar con niños pequeños y no con adolescentes, tratar de jugar con adolescentes. Al asignar a los pacientes con los que intervendríamos, me tocó trabajar con “Anita” la pequeña con síndrome de Down. Mi coordinadora se encontraba muy emocionada porque trabajaría con ella. Le conté que me sentía inseguro pues nunca había interactuado por tanto tiempo con una persona con ese síndrome. No sabía cómo jugar con ella. La coordinadora sonrió y me contó que cuando ella jugaba con los pacientes, si en la sala infantil había una persona con ese síndrome, siempre pedía trabajar con ellos pues le encantaba la manera en la que se desenvolvían.

Recordé que cuando tenía como once años, en unas vacaciones de verano, en un hotel de la Riviera Maya, mi papá en una mañana mientras nos bañábamos en la piscina, había conocido a un niño de diez años con síndrome de Down llamado “Iker”. Durante los siguientes tres días cada vez que mi papá lo encontraba en la piscina jugaba con él e incluso bailaban juntos cada vez que ponían música los animadores. Al tener este, mi único recuerdo relacionado con personas con el síndrome de Down, me sentí más tranquilo de camino para conocer a “Anita”.

Al entrar a la sala, “Anita” se encontraba sola pues su padre había salido por un momento, me presenté con ella y le pregunté si le gustaría jugar o pintar. Asintió en el momento en el que entraba su padre. Mi coordinadora se presentó y le explicó la razón del por qué nos encontrábamos en el hospital y el fin de nuestro proyecto. Al principio el padre no se veía convencido pero al preguntarle a “Anita” si quería jugar asintió de nuevo. Luego nos explicó que sentía temor, pues “Anita” se encontraba en el hospital porque padecía Leucemia y se encontraba muy débil. De hecho en el labio inferior le habían salido como cuatro coágulos en forma de fogajes causados por la misma enfermedad. Le explicamos al padre que los materiales que utilizábamos habían sido aprobados por los médicos, no eran peligrosos o tóxicos para los pacientes, habían sido desintoxicados y podían ser introducidos al hospital.

Llevé los materiales a la cama y le pregunté qué le gustaría dibujar. Me señaló un Mickey Mouse que se encontraba enfrente de ella. Terminé de dibujarlo; Anita iba a comenzar a pintarlo cuando se volteó y con la mano le señaló a su papá que se saliera del cuarto, este le preguntó por qué deseaba que se retirara y ella con un gesto autoritario señaló con uno de sus dedos su ojo indicándole que se saliera del cuarto hasta que no lo pudiera ver. Su padre se paró en la puerta principal cerca de la cama, pero haciendo el mismo gesto, Anita insistía en que se alejara hasta que le dijo que se fuera por los baños que se encontraban en el pasillo que daba hacia la sala infantil. El padre salió por la puerta pero como era de cristal, Anita todavía podía verlo por lo que le siguió haciendo el gesto hasta que ya no pudo verlo más.

Comenzamos a pintar  una caja a la que le había dibujado varias formas reconocibles como un sol, una luna, estrellas, flores y el dibujo de un guante que Anita tenía inflado y con dos caritas dibujadas, una feliz de un lado y otra triste del otro. El dibujo del guante lo hice con la carita feliz.

Tomé el guante inflado que tenía dos caritas y le pregunté a Anita como se sentía el guante cada vez que le enseñaba una de las caras, ahí fue cuando me di cuenta de que podía identificar emociones, pues contestaba correctamente.

Al terminar de pintar los dibujos que le había hecho le dije a Anita que llamara a su papá para que se los enseñara. Cuando vio a su padre acechando por la puerta de cristal, con una seña de mano similar a la que le hizo en un principio le pidió que entrara. Le enseñó a su padre lo que había pintado y este muy contento le dijo: -Muy bien mi amor. ¡Está muy bonito!-Terminó de enseñarle todos los dibujos y le pidió de nuevo que saliera del cuarto de la misma manera que lo había hecho antes. No pude evitar reír cuando había salido el padre pues eran muy graciosos los ademanes de Anita.

Una compañera se acercó a preguntar qué es lo que habíamos estado haciendo. Así que Anita le enseñó los dibujos. Cuando mi compañera se volteó para hablar con la coordinadora, con una seña le indiqué a Anita que mi compañera estaba loca. Al voltearse mi compañera, Anita le hizo la misma seña diciéndole que estaba loca. La compañera rió y se fue.

El tiempo se había agotado y teníamos que despedirnos. Al decirle adiós a Anita; me señaló y me dijo que estaba loco, lo que me causó mucha gracia y ternura. Ayudé a su padre a ponerle un líquido que era medicamento para que se secaran sus fogajes. Este nos dio las gracias al igual que Anita y nos retiramos.

El conocer a Anita me reafirmó que es posible relacionarse con cualquier persona sin importar las características que esta tenga. No tenía más que una experiencia previa con personas con estas cualidades. Es difícil no sentir temor a lo desconocido. Sin embargo, “valiente es la persona que entra al bosque con miedo” y siempre es posible que en ese “bosque” te puedas llevar una grata sorpresa y quedar maravillado. Como yo que tuve la fortuna de conocer a una pequeña que iluminó mi día. Y que estoy seguro jamás olvidaré.

09/03/14

Manuel Alberto Alcalá Aceves

Facilitador

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